El ser humano habita el mundo, ante todo, a través del tacto. Es nuestro primer lenguaje al nacer y el último que perdemos; una arquitectura invisible que sostiene nuestra regulación emocional. Sin embargo, cuando el contacto físico desaparece, surge un fenómeno neurológico llamado hambre de piel, tan primitivo como el apetito. No es una simple añoranza, sino una urgencia biológica que, al no ser satisfecha, deriva en un estado de desnutrición afectiva, manifestándose en formas de ansiedad, aislamiento y una profunda desmotivación vital.
Este proyecto explora las grietas de esa carencia. A través de una estética que roza la abstracción y la ambigüedad, las imágenes no buscan documentar la ausencia, sino encarnar la sensación de fragilidad y vulnerabilidad que deja el vacío. Son escenas que transitan en el umbral de lo onírico y lo real, donde la anatomía se desdibuja y la luz actúa como un sustituto del roce.
Hambre de piel es una invitación a observar los límites de nuestra percepción. Aquí, la imagen se vuelve táctil: las texturas, los desenfoques y las formas sugeridas pretenden activar en el espectador esa memoria sensorial dormida, recordándonos que, en un mundo hiperconectado digitalmente, el cuerpo sigue reclamando su derecho primordial a ser reconocido por otro cuerpo.